El idiota
El idiota AsÃ, pues, la aparición del prÃncipe fue muy oportuna. El anuncio de su visita produjo viva sorpresa. Cuando el rostro algo extrañado de Nastasia Filipovna hizo comprender que no habÃa invitado a Michkin se produjeron varias sonrisas muy expresivas. Pero la dueña de la casa, después de su asombro, exteriorizó repentinamente tanta satisfacción, que la mayorÃa de los asistentes se dispusieron a recibir con regocijo al visitante inesperado.
—Aunque su presencia es atribuible a su ingenuidad —dijo Epanchin—, y aunque podrÃa resultar peligroso alentar tales inclinaciones, en este caso el prÃncipe ha hecho bien en venir, por original que sea su modo de presentarse. Si la idea que me he formado de él no es equivocada, es incluso posible que nos divierta bastante.
—Tanto más cuanto que se ha invitado a sà mismo —acrecentó Ferdychenko.
—¿Qué quiere usted decir con su observación? —preguntó secamente el general, que sentÃa fuerte antipatÃa por el desagradable personaje.
—Que debe pagar su entrada —explicó el último. El general no pudo contenerse y respondió:
—En todo caso, sepa que el prÃncipe Michkin no es un Ferdychenko.