El idiota
El idiota Estos informes fueron una preocupación. Nastasia no exteriorizaba sus pensamientos. Lo mismo le ocurrÃa a Gania. El general Epanchin era quizá, en su interior, el más inquieto de todos: las perlas ofrecidas como regalo por la mañana habÃan sido aceptadas con frÃa amabilidad, casi rayana en la ironÃa. Ferdychenko, el único invitado realmente alegre entre toda la reunión era escuchado con interés. A veces estallaba en carcajadas extemporáneas, sin otro motivo que el de conservar su reputación bufonesca. Totsky mismo parecÃa algo violento y, aun cuando era un brillante conversador y de costumbre llevaba en aquellas veladas el timón de las pláticas, hoy distaba mucho de acreditar espontaneidad y buen humor. Los demás invitados, además de pocos en número, eran positivamente incapaces, no ya de sostener una conversación animada, sino casi de decir alguna cosa. Figuraban entre ellos un anciano profesor, invitado Dios sabÃa por qué, y un desconocido muy joven a quien su timidez condenaba a constante silencio, asà como una desenvuelta dama de cuarenta años, probablemente actriz, y una joven extraordinariamente bella, extraordinariamente bien vestida y de una taciturnidad no menos extraordinaria.