El idiota
El idiota Aunque groseras y a veces hasta ofensivas, o quizá por ello, semejantes ocurrencias parecían complacer a Nastasia Filipovna. Los que deseaban frecuentar su salón habían de aceptarlo con la añadidura de Ferdychenko. Quizá éste acertara suponiendo que sólo se le recibía por molestar a Totsky, quien, desde el principio, había sentido por Ferdychenko viva repulsión. En cuanto a Gania, era blanco frecuente también de los sarcasmos de aquel hombre, el cual sabía que con sus ataques al joven se granjeaba la benevolencia de Nastasia Filipovna.
—Propongo que el príncipe comience por cantar una canción de moda —dijo Ferdychenko mirando a la dueña de la casa para compulsar su opinión.
—Pues yo no pienso lo mismo, Ferdychenko. Y le ruego que se contenga —dijo ella con sequedad.
—Desde el momento en que usted dispensa al príncipe su particular protección, yo seré discreto con él.
La joven, sin atenderle, se levantó para recibir en persona al visitante.
—Lamento haber olvidado invitarle esta mañana, en la precipitación de mi marcha —dijo al verle—. Celebro que me haya dado usted ocasión de agradecer y aplaudir su visita.
Y al hablar examinaba a Michkin, proponiéndose leer en su expresión el motivo de su presencia allí.