El idiota
El idiota De haberse sentido menos turbado, el prÃncipe habrÃa correspondido tal vez a aquellas frases amables, pero en su enorme confusión no acertó a proferir palabra, lo que Nastasia Filipovna observó con placer. Aquella noche, la joven, vestida de fiesta, producÃa un efecto extraordinario. Tomando el brazo del prÃncipe, le condujo al salón. Michkin se detuvo en el umbral y murmuró, agitadÃsimo:
—En usted todo es perfecto: incluso su delgadez y su color pálido. ResultarÃa imposible imaginarla de otro modo. Usted perdonará que… ¡SentÃa unos deseos tan vivos de verla!
—No se disculpe —repuso ella, riendo—. Eso quitarÃa a su visita la originalidad que tiene. Aciertan los que dicen que es usted un hombre extraño. ¿De modo que me considera usted una perfección?
—SÃ.
—Pues a pesar de su sagacidad, se equivoca usted. Hoy mismo lo verá.
Y presentó el prÃncipe a sus invitados, la mitad de los cuales ya le conocÃan. Totsky articuló algunas palabras corteses en honor del recién llegado. La conversación, que empezaba a languidecer, tendió a animarse mucho. Todas las lenguas se soltaron, todos empezaron a reÃr. Nastasia Filipovna hizo que Michkin se sentase a su lado.