El idiota
El idiota Ferdychenko, con voz que dominó las de los demás, exclamó:
—Al fin y al cabo, ¿qué hay de extraño en la visita del prÃncipe? ¡Si se explica por sà sola!
—En efecto, la visita es muy comprensible y se explica por sà sola —intervino repentinamente Gania, hasta entonces silencioso—. Casi todo el dÃa he tenido la constante oportunidad de observar al prÃncipe desde que el retrato de Nastasia Filipovna atrajo su atención por primera vez en el despacho de Ivan Fedorovich. Recuerdo bien que ya entonces se me ocurrió una idea, que ahora es firme convicción, confirmada por las declaraciones que el prÃncipe tuvo a bien hacerme.
Gania no parecÃa bromear. Muy al contrario, se mostraba tan sombrÃo, que todos quedaron extrañados.
—No le he declarado nada —rectificó el prÃncipe, ruborizándose—. Me limité a contestar a sus preguntas.
—¡Bravo, bravo! —gritó Ferdychenko—. ¡Esa sà que es sinceridad! El prÃncipe es a la vez tÃmido y sincero.
Una explosión de risa coreó aquellas palabras.
—No chille tanto, Ferdychenko —dijo Ptitzin, con disgusto.