El idiota
El idiota —Un día yo estaba en una reunión donde todo el mundo se sentía aburrido. De pronto no sé quién formuló la siguiente propuesta: que los presentes relatasen la acción que su alma y su conciencia juzgaran más malvada de toda su vida. Pero había que ser sinceros: la primera condición era la veracidad. No valía mentir.
—¡Extravagante idea! —dijo el general.
—Precisamente, Excelencia. En esa extravagancia radica su encanto.
—La idea es grotesca —dijo Totsky— y, como bien se comprende, puede constituir un pretexto para que cada uno se jacte de lo que quiera.
—Lo cual acaso sea lo que nos propongamos, Atanasio Ivanovich.
—Pero con un petit-jeu de ese estilo vamos a acabar llorando en vez de riendo —observó la señora desenvuelta.
—Es una cosa imposible y absurda —opinó Ptitzin.
—¿Y tuvo éxito la idea? —preguntó Nastasia Filipovna.
—No. Fue un fracaso completo. Cada uno refirió una anécdota, y todos dijeron la verdad, algunos incluso con placer; pero a continuación todos se sintieron avergonzados y no pudieron disimularlo. En cualquier caso, resultó muy divertido… en cierto modo.