El idiota
El idiota —Algo no: mejor dirÃas mucho —repuso Nastasia Filipovna, más pálida cada vez y temblando de pies a cabeza—. Por eso he pedido este chal.
Entre los visitantes surgió un movimiento de inquietud.
—Quizá conviniera que la dejásemos descansar —dijo Totsky mirando a Epanchin.
—Nada de eso, señores. Les ruego que se sienten. Hoy necesito muy particularmente su presencia —rebatió Nastasia Filipovna, con acento apremiante y significativo.
Como casi todos los presentes sabÃan que aquella noche la joven debÃa adoptar una resolución muy importante, sus palabras causaron honda sensación. El general y Totsky volvieron a cambiar una mirada. Gania se agitaba convulsivamente.
—No estarÃa mal que organizásemos un petit-jeu —sugirió la señora desenvuelta.
—Yo conozco un petit-jeu nuevo y magnÃfico —declaró Ferdychenko—. Sólo se ha ensayado una vez, y además fracasó.
—¿En qué consiste? —preguntó la señora desenvuelta.