El idiota
El idiota —¿Quieren champaña, señores? —preguntó Nastasia Filipovna—. Lo hay en casa. Tal vez eso les ponga de buen humor y les alegre un poco. No gasten cumplidos, se lo ruego.
La invitación, hecha con naturalidad, pareció bastante extraña en una mujer que siempre que recibÃa se mostraba rÃgida observadora de ciertas conveniencias. La reunión comenzaba a animarse, pero no se asemejaba a las de costumbre. Mas la oferta de vino no fue rechazada. El primero en aceptarla fue el general, seguido inmediatamente por la dama desenvuelta, luego por el anciano, a continuación por Ferdychenko y finalmente por todos los demás. Totsky siguió el ejemplo común, si bien para disimular lo atrevido de tal proposición trató de darle aspecto de una broma amistosa. Únicamente Gania no quiso beber. Nastasia Filipovna declaró que acompañarÃa a sus invitados, y que pensaba beber hasta tres copas de champaña. Aquellas súbitas y extrañas ocurrencias desorientaban a todos. En ocasiones la veÃan pensativa, taciturna, incluso hosca, y momentos más tarde les maravillaba entregándose a accesos de risa histérica sin causa justificada. Algunos sospechaban que tenÃa fiebre. Y al cabo repararon en que la joven miraba el reloj con frecuencia, y parecÃa nerviosa y preocupada.
—Creo —dijo la señora desenvuelta— que tienes algo de calentura.