El idiota

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—En seguida, Nastasia Filipovna… Pero, puesto que el príncipe ha confesado (ya que sus palabras y su rubor equivalen a una confesión), ¿qué diría cualquier otra persona de ser sincera? Fíjese en que no digo quién… En lo que me afecta, señores, mi anécdota no es larga ni complicada, sino muy sencilla, muy necia y muy bellaca. Únicamente les aseguro que no soy un ladrón: he robado sin saber cómo. Hace dos años yo estaba un día en la casa de campo de Semen Ivanovich Itchenko. Había varios invitados. Terminada la comida, los hombres quedaron un rato a la mesa, para beber vino. Se me ocurrió la idea de pedir a la hija del anfitrión, María Semenovna, que tocase algo al piano. Me levanté, pues, y crucé un cuartito lateral. Sobre la mesa de costura de María Ivanovna divisé un billete verde de tres rublos, sin duda dejado allí para pagar alguna compra doméstica. En la habitación no había nadie. Cogí el billete y me lo guardé en el bolsillo. ¿Por qué? Lo ignoro. No sé a qué inspiración obedecí. Volví rápidamente al comedor y reocupé mi sitio ante la mesa. Esperando el resultado de mi acción, me sentía bastante nervioso, hablaba sin cesar, contaba anécdotas, reía. Luego fui a sentarme con las señoras. Media hora después se descubrió la falta del billete y se interrogó a las criadas. Se sospechó de una de ellas, una tal Daría. Yo manifesté una curiosidad y un interés extraordinarios en el incidente. Recuerdo incluso que, viendo la turbación de Daría, la insté una vez y otra a que confesase, garantizándole la clemencia de María Ivanovna. Hablaba en voz muy alta, ante todos, con los ojos de todos fijos en mí, y experimentaba un placer vivísimo al pensar que, mientras exhortaba a la sirvienta a que confesase, los tres rublos estaban en mi bolsillo. Aquella misma noche gasté los tres rublos en beber. Entré en un restaurante y pedí una botella de «Cháteau-Laffitte». Nunca se me había ocurrido tomar una botella sin comer algo; pero tenía prisa de disipar aquel dinero. Ni entonces ni después he sentido lo que se llama un remordimiento de conciencia. Desde luego no me agradaría reincidir, créanlo o no. Eso no me importa. Y no hay más.


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