El idiota
El idiota Ferdychenko, repentinamente irritado, se olvidaba de todo, pasaba los lÃmites, incluso mostraba en su cara contraÃda una expresión de disgusto. Por extraño que pudiera parecer, seguramente habÃa esperado que su narración obtuviese un éxito muy distinto. Su jactancia de mal gusto, aquellas fanfarronadas soeces, como las llamaba Totsky, le conducÃan a menudo a tales resultados.
Nastasia Filipovna, temblorosa de ira, miró fijamente a Ferdychenko. Él, helado de terror, calló instantáneamente. HabÃa ido demasiado lejos.
—¿Y si suspendiésemos esto aqu� —propuso Totsky.
—Me ha llegado el turno —dijo Ptitzin, con resolución—; pero me atengo a la libertad de abstenernos que se nos concede a todos y no contaré nada.
—¿No quiere?
—No puedo, Nastasia Filipovna. Además, un petit jeu de tal clase me parece totalmente inoportuno.
—Entonces creo que le toca a usted, general —dijo Nastasia Filipovna a Epanchin—. Si usted se niega también, todo quedará desorganizado, y yo lo sentiré, porque me proponÃa explicar, a modo de conclusión, un episodio de mi vida. Pero no quiero hablar sino después de usted y de Atanasio Ivanovich, para que me animen —concluyó, sonriendo.