El idiota
El idiota —Facilita mucho mi tarea —dijo Atanasio Ivanovich— el hecho de no tener que contar sino la peor acción de mi vida. En casos tales la elección no es difÃcil de hacer siempre que no se deje guiar por la conciencia y el primer impulso del corazón. Entre las innumerables y acaso frÃvolas y atolondradas malas acciones de mi vida, hay una que gravita más abrumadoramente sobre mis recuerdos. Se refiere a hace una veintena de años. Estaba yo entonces en el campo con Platón Ordintzev, que acababa de ser elegido mariscal de la nobleza del distrito y habÃa ido a pasar en la provincia las vacaciones invernales acompañado de su joven esposa, Anfisa Alexievna. Se acercaba el dÃa del cumpleaños de ésta e iban a darse dos bailes. Por entonces estaba muy de moda en la alta sociedad «La Dama de las Camelias», de Dumas, hijo, novela deliciosa que, en mi opinión, será inmortal y siempre parecerá nueva. En provincias, todas las señoras —o al menos las que la habÃan leÃdo— estaban encantadas con aquella obra. La moda habÃa impuesto las camelias, y todas las damas querÃan ostentarlas. Aquellas flores se habÃan convertido en el complemento obligado de un traje de baile. Ustedes comprenderán sin trabajo la dificultad de que todas las mujeres consiguiesen camelias en una población pequeña y donde habÃa tal competencia para adquirirlas. Por entonces, Petia Vorkhosvsky estaba enamorado de Anfisa Alexievna. Ignoro, en verdad, si habÃa mediado algo entre los dos, es decir, si él podÃa albergar alguna esperanza seria. El pobre muchacho deseaba ansiosamente ofrecer camelias a Anfisa Alexievna para el próximo baile. Se sabÃa que SofÃa Bezpalov y la condesa Sotzy, una petersburguesa que se alojaba en casa de la esposa del gobernador, iban a llevar ramilletes de camelias blancas. La señora Ordintzeva las querÃa rojas, para producir no sé qué efecto determinado. Hizo, pues, que su marido se pusiera en movimiento para procurárselas, y él se comprometió a obtenerlas. Por desgracia, el dÃa anterior todas las existencias de camelias habÃan sido monopolizadas por Catalina Alejandrovna Mititcheva, implacable rival de Anfisa Alexievna. Puede adivinarse el resultado: ataques de nervios, desmayos de la joven esposa, desesperación de Platón… Si Petia lograba triunfar donde habÃa fracasado el marido, hubiera dado un gran paso en el camino de sus esperanzas, porque en tales casos el agradecimiento femenino no conoce lÃmites. Petia se lanzó, pues, como un loco en busca de las flores. No necesito decir que sus esfuerzos resultaron infructuosos. La vÃspera del baile le encuentro en casa de MarÃa Petrovna Zubkova, una vecina de Ordantzev. Estaba radiante. «¿Qué te pasa?». «¡Las he encontrado! ¡Eureka!». «Me dejas asombrado, querido amigo. ¿Dónde…? ¿Cómo?». «En Ekchaisk (era una localidad situada a unas veinte verstas, en otro distrito) habita un comerciante rico y viejo, llamado Trepalov, casado y sin hijos. En lugar de niños él y su mujer crÃan canarios. Ambos tienen pasión por las flores. ¡Ya verán cómo encuentro camelias en casa de Trepalov!». «No es seguro, y además, ¿querrá dártelas?». «Me pondré de rodillas ante él, me arrojaré a sus pies y no me marcharé sin conseguirlas». «¿Y cuándo vas a ir?». «Mañana, a las cinco de la madrugada». «Bien, hombre: Dios te ayude». Yo me alegraba de las posibilidades de éxito de Petia. Vuelvo a casa de Ordintzev. Era más de la una de la madrugada. De pronto se me ocurre una idea original. Voy a la cocina y despierto a Savely, el cochero. «Engánchame los caballos de aquà a media hora», le digo poniéndole quince rublos en la mano. A la media hora; en efecto, todo estaba listo. Anfisa Alexievna, según me decÃan, tenÃa jaqueca, fiebre, deliraba… Subo al coche y me pongo en camino de Ekchaisk, a donde llego entre cuatro y cinco de la madrugada. Espero en la posada a que amanezca y a las siete, cuando empezaba a despuntar la aurora, voy en busca de Trepalov. «¡Oh, padrecito! ¿Tienes camelias? ¡Socórreme, sálvame, te lo pido de rodillas!». «No, no, no quiero», contesta el comerciante, un viejo corpulento, de cabellos blancos y rostro severo. Entonces caigo a sus pies. ¡Asà como suena! Me arrodillé ante él. «¿Qué haces, padrecito?», exclama sorprendido e incluso espantado. «¡Se juega en esto la vida de un hombre!», aseguro yo. «Siendo asÃ, tómalas, y Dios te bendiga». Inmediatamente echo mano a las camelias rojas, que llenaban —y eran maravillosas y exquisitas— todo un plantÃo. Trepalov suspiraba. Yo saco de mi portamonedas cien rublos. «No, padrecito —me dice—, evÃtame esa ofensa». «Entonces —contesto—, permÃtame, honrado señor, ofrecerle esos cien rublos para el hospital de la localidad». «Eso es otra cosa. Puesto que se trata de una obra caritativa, de una acción noble y grata a Dios, acepto los cien rublos. ¡Dios le recompense!». Aquel viejo me agradó: era un ruso al viejo estilo. Muy satisfecho de mi éxito me pongo en camino inmediatamente, volviendo por caminos transversales para no encontrar a Petia. En llegando envÃo el ramo a Anfisa Alexievna, quien lo recibe al despertar. Imaginen su alegrÃa y agradecimiento. Platón, el dÃa antes aniquilado, destruido, se lanza en mis brazos, sollozando. Todos los maridos son iguales desde la creación… del matrimonio. No me atrevo a proseguir. Baste indicar que el episodio destruyó definitivamente las esperanzas de Petia. Al principio temà que cuando éste se enterase me matara, y tomé las oportunas medidas. Pero no fueron necesarias. Las cosas pasaron de un modo distinto. Petia se desmayó, por la tarde estuvo delirando y al dÃa siguiente le acometió una fiebre violenta. Lloraba como un niño, sufrÃa convulsiones… Su enfermedad duró un mes y cuando se hubo restablecido pidió el traslado al Caucazo. ¡Una verdadera novela! Para concluir, diré que murió en Crimea. Su hermano Esteban Vorkhosvky mandaba un regimiento y se distinguió mucho. Confieso que en este asunto me causé vivos remordimientos. ¿Por qué se me ocurrió producir tal disgusto a Petia? Ello podÃa pasar si yo estuviese enamorado, pero por mi parte no mediaba sino un mero capricho de libertino. De no haberle escamoteado su ramo, es posible que Petia viviese aún, fuera feliz y no se hubiese hecho matar por los turcos.