El idiota
El idiota Llegaba ahora la vez de Totsky, quien había preparado también un relato. Todos esperaban que no se excusase, como Ivan Petrovich Ptitzin, y, por ciertas razones, se esperaba su narración con curiosidad, mientras todos miraban con interés a Nastasia Filipovna. Atanasio Ivanovich empezó, con voz compuesta y tranquila, a narrar una de sus deliciosas anécdotas. Era Totsky, digámoslo de paso, un hombre de buen aspecto, corpulento, grueso, con los dientes postizos, las mejillas encarnadas y algo colgantes, y el cráneo en parte calvo y en parte cubierto de canas. Vestía elegantemente, pero sin extravagancia, y se distinguía sobre todo por la inmaculada limpieza de su ropa blanca. Sus manos, cuidadas y llenas, atraían la atención. Una sortija incrustada de diamantes adornaba el índice de su mano derecha. Mientras él habló, la dueña de la casa tuvo los ojos fijos sin cesar en el encaje que guarnecía la manga de su vestido, sin alzar una sola vez la mirada hacia el narrador.