El idiota

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En cuanto a los hombres, Ptitzin era amigo de Rogochin; Ferdychenko se encontraba en aquella situación como el pez en el agua; Gania no había reaccionado aún de su estupor, y además sentía un íntimo deseo de asistir a su ignominia hasta el final; el viejo profesor no acertaba a desentrañar lo que sucedía y, testigo de la excepcional agitación que dominaba a la dueña de la casa y a todos los otros, ardía en deseos de llorar y temblaba literalmente de miedo, pero, aun así, habría preferido la muerte a abandonar a Nastasia Filipovna en situación semejante. A Totsky le repugnaba mezclarse en aventuras de tal estilo, pero el asunto le interesaba mucho, a pesar del estrambótico giro que adquiría; por ende, dos o tres de las palabras pronunciadas por Nastasia Filipovna le habían intrigado de tal manera, que no quería marcharse antes de obtener una explicación de su significado. Resolvió, pues, esperar hasta el fin, en actitud de espectador silencioso, la sola que le parecía acorde con su dignidad. El único que no parecía dispuesto a soportar por más tiempo aquellas extravagancias era el general Epanchin, ya muy dolido por la forma descortés en que se le había devuelto su regalo… Si hasta entonces, influido por la pasión, se había dignado sentarse en aquella casa al lado de Ptitzin y de Ferdychenko, ahora despertaban en él su respeto propio, el sentimiento del deber, la conciencia de la seriedad a que le obligaban su categoría social y su posición en el servicio. En resumen, no ocultó que un hombre como él no podía alternar con gentes como Rogochin y sus compañeros.


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