El idiota
El idiota Gania rechazó violentamente a Ferdychenko, giró sobre sus talones y se encaminó a la puerta. Pero antes de que diera dos pasos se tambaleó y cayó pesadamente sobre el pavimento.
—¡Se ha desmayado! —exclamaron los asistentes.
—¡Qué se quema, señora! —gemía Lebediev.
—¡Cien mil rublos abrasados inútilmente! —se comentaba por doquiera.
—Katia, Pacha, traed agua y aguardiente —ordenó Nastasia Filipovna.
Empuñó las tenazas y retiró el envoltorio. Casi todo el papel que lo protegía estaba consumido, pero se vio muy pronto que el fajo de billetes no había sido alcanzado. Gracias a su triple envoltura, el dinero estaba intacto. Todos respiraron con alivio.
—Sólo un millar de rublos ha sufrido algún deterioro. Lo demás se encuentra a salvo —dijo, emocionado, Lebediev.