El idiota

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En aquel caso, por ejemplo, había acumulado necedad sobre necedad. Numerosos acreedores del difunto fundaban sus derechos en documentos discutibles y hasta sin valor alguno. No faltaban quienes, comprendiendo que se las habían con un hombre bondadoso, le reclamaban dinero incluso sin prueba documental. Pero por mucho que los amigos de Michkin le habían repetido que los derechos legales de aquella gente eran nulos, él saldó a casi todos los acreedores, meramente porque juzgaba que algunos de ellos poseían un derecho moral.

La generala comentó que la vieja Bielokonsky decía le mismo, y añadió, con acritud:

—Eso es necio, muy necio. ¡No es cosa fácil curar a un loco!

Pero se notaba en su cara cuanto le complacía la conducta de aquel «loco». En resumen, el general observó que su mujer se interesaba por Michkin como por un hijo, así como que multiplicaba sus amabilidades con Aglaya. Viendo todo esto, Ivan Fedorovich juzgó oportuno acentuar por algún tiempo más su actitud de hombre práctico.

Esta grata disposición de espíritu duró poco en la familia. Al cabo de dos semanas se produjo un cambio súbito. Lisaveta Prokofievna mostró de nuevo un semblante huraño y el general, tras encogerse repetidamente de hombros, hubo de resignarse otra vez al «hielo del silencio».


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