El idiota
El idiota Un dÃa, el muchacho, aprovechando un momento en que se hallaba con ella, le tendió una carta, limitándose a decir que tenÃa orden de entregársela en propia mano. Aglaya miró con ceño al «presuntuoso mozalbete», pero éste se retiró en seguida. Ella, abriendo el mensaje, leyó:
«Una vez me honró usted con su confianza. Acaso me haya olvidado ahora del todo. ¿Por qué le escribo? No lo sé; pero siento el deseo de recordar mi existencia a usted, precisamente a usted. Muchas veces he pensado en ustedes tres, pero de las tres sólo la veÃa a usted, a usted sola. Me es usted necesaria, muy necesaria. Por mi parte nada tengo que escribirle, que contarle… Además, tampoco me lo propongo. Sólo deseo saber si vive feliz. ¿Es usted feliz? Esto es todo lo que querÃa decirle su hermano,
L. Michkin».