El idiota
El idiota Tras leer aquella breve y casi incoherente carta, Aglaya se puso encarnada y tornóse pensativa. Nos sería difícil conocer el motivo de sus meditaciones. Desde luego se dirigió con toda claridad la siguiente pregunta: «¿Debo enseñar esta carta a alguien?». Se sentía como avergonzada. Al fin, con sonrisa extraña y burlona, arrojó la carta a un cajón de su mesa. Pero al día siguiente la sacó de allí a fin de depositarla entre las hojas de un voluminoso libro, como tenía costumbre de hacer con los papeles que deseaba tener a mano. El libro resultó ser «Don Quijote de la Mancha». Por alguna ignorada razón, Aglaya, viéndolo, rompió a reír. No nos consta si enseñó o no la misiva a alguna de sus hermanas.
Tras una segunda lectura del mensaje, su mente se formuló una nueva pregunta: ¿Era posible que el príncipe eligiera a aquel mozalbete presuntuoso y fanfarrón como confidente suyo? ¿Acaso no tenía Michkin otra persona con quien comunicarse? Sin abandonar por ello su aire despectivo, Aglaya interrogó a Kolia sobre el particular. El muchacho, aunque siempre tan susceptible, no paró atención por aquella vez en el desdén de Aglaya y declaró, en términos concisos y rotundos, que al marchar el príncipe él le había dado su dirección y ofrecídole sus servicios, pero que la presente era la primera comisión que el príncipe le encargaba, sin que hubiese recibido antes carta alguna de él.