El idiota
El idiota Michkin tomó un coche de alquiler y se hizo llevar a Peski. Encontró sin dificultad en una de las calles de aquel lugar la casita de madera que buscaba. Con gran sorpresa suya, la casa resultó ser muy linda, limpia y agradable. Tenía ante la fachada un jardincillo lleno de flores. Las ventanas que daban a la calle, abiertas en aquel momento, permitían oír un torrente de palabras animadas, casi enfáticas, como de alguien que pronunciase un discurso o leyera en alta voz, siendo interrumpido de vez en cuando por una explosión de sonoras risas. El príncipe entró en el jardín y subió los peldaños de la puerta. Una cocinera con los brazos arremangados le abrió. El visitante preguntó por el señor Lebediev.
—Allí está —dijo la mujer, señalando con el dedo el «salón».