El idiota
El idiota Si alguno de los que le habían conocido cuando llegó a San Petersburgo seis meses antes le vieran ahora, hallarían en su exterior un considerable cambio, y un cambio favorable. Sin embargo, acaso aquello hubiese sido una impresión errónea. Era únicamente la ropa del príncipe la que se había transformado en absoluto. Ahora le vestía un buen sastre de Moscú; pero, pese a ello, el atavío de Michkin distaba de ser una elegancia magnífica. Aunque su atuendo fuese muy a la moda (como siempre son los trajes cortados por sastres escrupulosos pero no geniales), notábase en el príncipe un descuido de indumentaria que no hubiese dejado de procurar motivos de risa a quien tuviera gana de reír. En general la gente suele estar dispuesta a la hilaridad por poca cosa.