El idiota

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II

Principiaba junio y, desde hacía una semana, el tiempo se mantenía excepcionalmente agradable, tratándose de San Petersburgo. Los Epanchin poseían una lujosa residencia veraniega en Pavlovsk, y Lisaveta Prokofievna sintió el deseo de instalarse en ella con su familia. Dos días después se trasladaron al campo.

Uno o dos días antes de la marcha de las Epanchinas, el príncipe León Nicolaievich Michkin llegó de Moscú en el tren de la mañana. Nadie fue a esperarle a la estación, y, sin embargo, al apearse distinguió de pronto entre la multitud dos ojos ardientes cuya mirada ofrecía una expresión extraña. Quiso buscar el rostro a que pertenecían aquellos dos ojos, pero no lo consiguió. La visión, aunque fugaz, dejóle una impresión desagradable. Además, el príncipe estaba ya por su parte triste y preocupado.

Su cochero le condujo a un hotel no lejano de la Litinaya. Aquel hospedaje distaba mucho de ser bueno. Las dos habitaciones que Michkin tomó en él eran oscuras y se hallaban mal amuebladas. Lavóse, se cambió de ropa, y, sin pedir cosa alguna, salió apresuradamente, como si temiera no encontrar en casa a alguien a quien fuese a buscar.


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