El idiota
El idiota Cuanto más se esforzaba el prÃncipe en hacer natural su conversación, más aquella naturalidad hacÃa entrar en sospechas al experto sirviente, quien, reconociendo la charla muy lógica de hombre a hombre, no podÃa considerarla de igual modo de visitante a lacayo. Y como los criados son mucho menos torpes de lo que sus señores imaginan, sólo dos ideas surgÃan en la mente del lacayo: o el visitante era un impostor que acudÃa a pedir dinero al general, o era sencillamente un idiota sin un ápice de dignidad, porque un prÃncipe en sus sentidos cabales y suficientemente digno no se habrÃa quedado en la antesala ni contado sus intimidades a un sirviente. En cualquiera de ambos casos, el anunciar tal visita podÃa originarle complicaciones.
—En todo caso, debe usted pasar al salón —dijo lo más apremiantemente que supo.
—Si hubiese pasado, no habrÃa podido darle estas explicaciones —contestó el prÃncipe con sonrisa jovial— y usted estarÃa inquieto aún acerca de mi capote y de mi paquete. Ahora, quizá juzgue usted inútil esperar al secretario y me anuncie sin más.
—No puedo anunciar a un visitante como usted sin contar con el secretario. Además, Su Excelencia tiene dadas órdenes de que no se le moleste cuando está con el coronel… Sólo Gabriel Ardalionovich puede pasar en estas ocasiones sin ser anunciado.
—¿Es un empleado?