El idiota
El idiota —¿Quién? ¿Gabriel Ardalionovich? No. Está al servicio de la compañÃa. Deje usted el paquete aquÃ.
—SÃ, ya pensaba hacerlo si me lo permitÃa. Y el capote también. ¿Le parece?
—SÃ: no puede usted conservarlo puesto cuando pase a ver a Su Excelencia.
El prÃncipe, levantándose, quitóse ágilmente el capote. Llevaba debajo un traje bastante elegante y bien cortado, aunque algo raÃdo. Sobre su chaleco serpenteaba una cadena de acero. El reloj, de fabricación ginebrina, era de plata.
Aunque el lacayo tuviese a aquel hombre por un imbécil —y la convicción de que lo era habÃa arraigado vigorosamente ya en su cerebro— no dejaba de comprender lo inusitado de que él, un sirviente, conversase asà con un visitante. Además, sentÃa cierta simpatÃa por Michkin, siempre, por supuesto, desde un punto de vista distinto a aquel que le produjera tan violenta indignación.
—Y ¿a qué horas recibe la señora Epanchina? —preguntó Michkin después de volver a sentarse donde anteriormente.
—Eso ya no es cosa mÃa. Sus horas de recepción varÃan según las personas. Para la modista, la señora está visible desde las once. Gabriel Ardalionovich puede pasar también antes que los demás, incluso durante el desayuno.