El idiota
El idiota —¿Ve cómo me desprestigia, prÃncipe? —dijo Lebediev, sonrojándose y ya fuera de s×. Yo podré ser un beodo, un libertino, un malhechor, un ladrón; pero al menos hay una cosa en mi favor. Este embustero no sabe que cuando vino al mundo fui yo quien lo fajó y lo lavó. Mi hermana Anisia habÃa quedado viuda y estaba en la miseria. Yo, que no era menos pobre que ella, pasé noches enteras velándola, cuidando a la madre y al hijo, que se hallaban enfermos los dos. Yo bajaba a robar leña al portero y, muriéndome de hambre como me encontraba en realidad, aún tenÃa ánimos para cantar y castañetear los dedos, a fin de que el pequeño se durmiese… ¡Le he servido de niñera y ahà le tiene usted burlándose de mÃ! Si yo me he santiguado u orado por el reposo del alma de la Du Barry, ¿qué te importa? Hace tres dÃas, prÃncipe, que he leÃdo por vez primera la biografÃa de esa mujer en un diccionario histórico. ¿Acaso sabes tú quién era la Du Barry?
—No hay nadie más que tú que lo sepa, ¿no es eso? —rezongó el joven con sarcasmo.