El idiota
El idiota —Bueno, bueno, basta… ¡El diablo te lleve! Ora por quien quieras —dijo el sobrino con violencia—. ¿No sabÃa usted, prÃncipe, que tenÃamos un erudito en esta casa? —añadió con desganada sonrisa—. Mi tÃo no hace más que leer toda clase de libros y memorias…
—Su tÃo, al fin y al cabo, no es un hombre privado de sensibilidad —observó el prÃncipe, haciendo un esfuerzo sobre sà mismo para dirigirse al joven, que le resultaba profundamente desagradable.
—¡Cómo le lisonjea usted! Mire de qué modo abre la boca y se lleva la mano al pecho. Sus palabras le han emocionado, prÃncipe. Concedo que no le falte sensibilidad, pero lo malo está en que además es un bribón y para colmo un borracho. Está realmente destrozado por la bebida. Reconozco que quiere a sus hijos y que apreciaba a su mujer, mi difunta tÃa… Incluso siente afecto por mà y no me ha olvidado en su testamento…
—¡No te dejaré ni un kopec! —gritó el funcionario, colérico.
—Escuche, Lebediev —dijo el visitante con tono firme, apartándose del joven—: yo sé que usted, cuando quiere, es un hombre serio. Tengo poco tiempo disponible, y si usted… Perdone, he olvidado su nombre…
—Ti… Ti… Timofeo…
—¿Qué más?
—Lukianovich.