El idiota
El idiota —No, no; has venido oportunamente —dijo Rogochin, recuperando la conciencia de si mismo—. Pasa, te lo ruego.
Ahora se tuteaban. Se habÃan visto en Moscú con frecuencia y algunos de los momentos que pasaron juntos habÃan dejado en ellos una impresión imborrable. A la sazón se veÃan después de una ausencia de tres meses.
El rostro de Rogochin continuaba pálido y un tanto crispado. Después de hacer pasar al visitante continuaba presa de una agitación extraordinaria. Michkin, invitado a sentarse junto a la mesa, se volvió por casualidad y descubrió en su amigo una mirada tan extraña, que se detuvo en seco. A la vez cierto reciente recuerdo, sombrÃo y penoso, acudió a la mente de Michkin. En pie e inmóvil miró durante largo rato los ojos de Rogochin, los cuales, al principio, parecieron brillar más vivamente aún que antes. Al fin Parfen Semenovich sonrió, pero seguÃa algo turbado y como cohibido.
—¿Por qué me miras con tanta fijeza? —preguntó—. Anda, siéntate.
El prÃncipe ocupó una silla.
—Parfen Semenovich —dijo—, háblame francamente. ¿SabÃas que yo iba a venir hoy a San Petersburgo, o no?