El idiota
El idiota Dominando sus vacilaciones, Michkin abrió la puerta vidriera, que se cerró, ruidosa, a sus espaldas y subió al segundo piso por una gran escalera de piedra, oscura y toscamente construida, con las paredes pintadas de rojo. Michkin sabía que Rogochin habitaba con su madre el segundo piso de aquella lóbrega construcción. El criado que salió a abrirle introdujo al visitante sin anunciarle ni preguntar su nombre, y Michkin hubo de andar largo rato en pos de su guía. Atravesaron primero una sala de recibir, de paredes pintadas imitando mármol y de pavimento de madera de encina. La ornaba un pesado mobiliario en el estilo de 1820. Luego se internaron en un laberinto de habitaciones reducidas, situadas a distinto nivel unas de otras. Tenían constantemente que subir o bajar dos o tres escalones.
Al fin llamaron a una puerta. Abrió Parfen Semenovich en persona. Al ver al príncipe palideció y quedó durante un rato como petrificado. Sus ojos le miraron con una fijeza asustada y en la sonrisa que plegó sus labios se leía un estupor infinito. La aparición de Michkin parecía ser para él un acontecimiento increíble, casi un milagro. Y aunque el visitante esperaba algo análogo, no obstante le extrañó.
—Creo que he venido con inoportunidad, Parfen Semenovich. Me iré, pues —dijo con aire turbado.