El idiota

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Al llegar al cruce de las dos calles, el príncipe se extrañó de la extraordinaria agitación que sentía. Ni él mismo había previsto que su corazón pudiera latir tan violentamente. Su atención fue atraída en aquel momento por un edificio bastante alejado, acaso en razón de que ofrecía un aspecto particular. Más tarde Michkin recordó haber pensado: «Sin duda aquella casa es la que busco». Acercóse con extrema curiosidad, para comprobar la justicia de su conjetura, diciéndose a la vez que le sería desagradable haber adivinado. Tratábase de una casa de tres pisos, grande y sombría, sin detalle alguno de gusto artístico y con una fachada de un color verde sucio que entristecía el ánimo. En estas calles de San Petersburgo, donde todo se transforma tan de prisa, subsisten —si bien en corto número— casas semejantes a ésa, construidas a fines del siglo último, que guardan aún su fisonomía primitiva. Esas mansiones, sólidamente edificadas, se distinguen por el espesor de sus muros y la escasez de sus ventanas, las cuales, en los pisos bajos, suelen estar protegidas por una verja y corresponden casi siempre a establecimientos de cambistas. Los propietarios de estas tiendas acostumbran pertenecer a la secta de los skopetz[9] y usualmente habitan encima del local de sus transacciones. Tanto fuera como dentro se nota un ambiente frío, inhospitalario, misterioso. Sería difícil explicar la procedencia de esa impresión. Sin duda radica en el conjunto de las líneas arquitectónicas. Tales casas están casi exclusivamente habitadas por comerciantes. Al acercarse al portón, Michkin vio un rótulo en que se leía: «Casa de Rogochin, comerciante notable hereditario».


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