El idiota
El idiota —A la mañana siguiente salí a pasear por la población, y encontré un soldado ebrio tambaleándose sobre las planchas de tabla de la acera. Se me acercó y me dijo: «Cómprame esta cruz de plata, señor. Te la vendo por veinte kopecs. Es de plata». Llevaba en la mano, pendiente de un cordoncito azul, una cruz que se notaba a primera vista que era de estaño. Tenía ocho puntas y reproducía fielmente el modelo bizantino. Saqué de mi bolsillo veinte kopecs y los di al soldado. Luego me puse la cruz al cuello. En el rostro del hombre se notó la satisfacción de haber engañado a un necio aristócrata. Estoy seguro de que fue a gastarse inmediatamente en la taberna el producto de la venta. Ya entonces, hermano, yo estaba muy impresionado por cuanto veía en Rusia. Antes, yo no comprendía nuestro país: había pasado mi infancia como embebido en mí mismo. Y durante cinco años que viví en el extranjero sólo conservaba de nuestro país memorias que eran fantásticas en cierto sentido. Aquel día continué, pues, mi camino diciéndome: «Antes de condenar a ese Judas, esperaré. ¡Dios sabe lo que se encierra en el fondo del corazón de esos borrachos!». Una hora más tarde, cuando volvía al hotel, encontré una aldeana que llevaba un niño de pecho. La mujer era joven aún; el niño contaría unas seis semanas. Sonreía a su madre por primera vez desde su nacimiento. De pronto vi que la aldeana se santiguaba muy fervorosamente, mucho… «¿Por qué te persignas, madrecita?», le pregunté. (En Rusia me he pasado la vida haciendo preguntas). Y me contestó: «Una madre se alegra tanto cuando ve la primera sonrisa de su hijo como Dios cada vez que, desde lo alto del cielo, ve a un pecador que le eleva una plegaria ferviente». Esto me lo dijo una mujer del pueblo, casi en los mismos términos que te lo repito. ¡Y es un pensamiento tan profundo, tan delicado, tan verdaderamente religioso! ¡Se encuentra en él de modo tal todo el fondo del cristianismo, es decir, la noción de Dios considerado como nuestro padre! Porque aquí se contiene la idea de que Dios se regocija a la vista del hombre como un padre a la vista del hijo, es decir, el pensamiento esencial de Cristo. ¡Y la que lo expresaba era una simple aldeana! Cierto que era madre, y hasta quizá la mujer de aquel soldado. Y ahora, Parfen Semenovich, ésta es mi contestación a tu pregunta de hace poco: el sentimiento religioso, en su esencia, no puede ser disminuido por ningún razonamiento, por ninguna falta, por ningún crimen, por ninguna credulidad, porque hay en él algo que queda y quedará eternamente fuera de todo eso, una cosa que los ateos no alcanzarán jamás y de la que no hablarán nunca cuando pretendan combatir la creencia. Y lo principal, y esto resume mi conclusión, es que en ninguna parte se nota eso como en Rusia y en el corazón de los rusos. Tal fue una de las primeras impresiones que recogí de nuestra patria. ¡Mucha tarea se nos ofrece en ese sentido, Parfen Semenovich! Mucho hay que hacer en nuestro mundo ruso, créeme… Recuerda las conversaciones que hace tiempo mantuvimos los dos en Moscú… ¡Ah! Ya sabes que yo no quería volver aquí ahora. No contaba encontrarme contigo de esta manera. ¡En fin! Adiós; hasta la vista. Queda con Dios.