El idiota
El idiota Volvió la espalda y empezó a descender lentamente por la escalera.
—¡León Nicolaievich! —gritó Rogochin desde el rellano cuando su amigo estaba en el zaguán—. ¿Llevas la cruz que compraste a aquel soldado?
—Sí.
Y el príncipe se detuvo.
—Enséñamela.
¡Una extravagancia más! Después de reflexionar un instante, Michkin tomó a subir, y, sin quitarse la cruz, la mostró a Rogochin.
—Dámela —dijo Parfen Semenovich.
—¿Por qué? ¿Es que tú…?
Michkin habría preferido no separarse de la cruz.
—Yo la llevaré y te daré la mía en cambio.
—¿Quieres que las cambiemos? Sea, Parfen Semenovich. Puesto que deseas que fraternicemos, yo lo deseo también.
Y Michkin tendió su cruz de estaño a Rogochin, quien le dio la suya de oro. Rogochin continuaba silencioso. Ambos acababan de fraternizar, pero inútilmente. Michkin notaba con dolorosa extrañeza que el rostro de Rogochin expresaba desconfianza todavía y que, al menos a ratos, una sonrisa amarga, casi aviesa, seguía crispando sus labios. Al fin Parfen Semenovich tomó la mano de Michkin, sin decir palabra, pareció vacilar por unos segundos y dijo al cabo, con voz ininteligible: