El idiota

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—Ven conmigo.

Y le arrastró. Atravesaron el descansillo del primer piso y llamaron a una puerta situada frente a aquella por la que habían salido. No tardaron en abrirles. Una anciana encorvada, con un pañuelo negro anudado a la cabeza, se inclinó profundamente y en silencio ante Rogochin. El joven le hizo una presurosa pregunta y, sin esperar siquiera la contestación, introdujo a Michkin en el piso. Seguían varias estancias sombrías, cuya extraordinaria limpieza mostraba un no se sabía qué de glacial. Los muebles, viejos y severos, estaban cubiertos de pulcras fundas blancas. Rogochin, sin hacerse anunciar, pasó con el príncipe a una especie de saloncito dividido en dos partes por un tabique de caoba bruñida, tras el cual parecía hallarse un dormitorio. En un ángulo del salón, junto a la estufa, estaba sentada en un sillón una viejecita que no representaba excesiva edad. Su rostro, bastante redondo y muy agradable, exteriorizaba buena salud. Pero tenía los cabellos completamente blancos y se notaba a primera vista que aquella mujer había recaído en un estado análogo al de la infancia. Vestía un traje de lana negra, llevaba un amplio pañuelo negro al cuello y se tocaba con una cofia blanca muy limpia, guarnecida de cintas de luto.



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