El idiota

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Sus pies se apoyaban en un taburete. A su lado hacía punto, en silencio, una mujer de edad avanzada, que, como la otra, vestía de negro y se tocaba con una cofia blanca. Debía de ser una especie de señora de compañía. Según parecía, ambas no cambiaban una palabra jamás. Cuando Rogochin entró con el príncipe, la primera de las mujeres sonrió, y para testimoniar la alegría que le causaba la visita, les saludó repetidas veces con inclinaciones de cabeza.

—Madre —dijo Rogochin, después de besarle la mano—, le presento a mi buen amigo el príncipe León Nicolaievich Michkin. Hemos cambiado nuestras cruces. En Moscú ha sido un verdadero hermano para mí; le debo muchos favores. Bendícele, madre, como si bendijeras a un hijo. Espera, madre. Yo te colocaré los dedos juntos.

Pero antes de que Rogochin le dispusiera debidamente la mano, la anciana la levantó, unió sus tres dedos e hizo por tres veces el signo de la cruz sobre el príncipe. Esta bendición fue acompañada de un nuevo y afectuoso saludo dirigido a Michkin.

—Ea, vámonos, León Nicolaievich —dijo Rogochin—. Sólo te había traído aquí con este objeto. Y añadió, cuando estuvieron en el rellano:


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