El idiota
El idiota —Mi madre no comprende nada de cuanto se le dice, y no ha entendido, pues, una sola de mis palabras. Sin embargo, te ha bendecido. Quizá tuviese deseos de hacerlo… En fin, adiós: ha llegado el momento de separarnos.
Y abrió la puerta de sus habitaciones.
Michkin fijó, en Rogochin una mirada llena de amistoso reproche.
—Pero ¡déjame al menos abrazarte antes de separarnos, hombre extravagante! —dijo tendiéndole los brazos.
Rogochin alargó también los suyos, pero casi en el acto los dejó caer. En su interior se libraba una lucha. No querÃa abrazar al prÃncipe y no osaba mirarle.
—No temas. Ahora que tengo tu cruz, no te asesinaré por un reloj —murmuró con una risa extraña.
De pronto se produjo en su rostro una transformación completa: púsose terriblemente pálido, sus labios temblaron y sus ojos despidieron llamas. Tendió los brazos, estrechó con fuerza al prÃncipe contra su pecho y dijo con voz ahogada:
—Que ella sea para ti, puesto que el destino lo quiere. Para ti. Yo te la cedo… Acuérdate de Rogochin…
Y volviéndose sin mirar a Michkin, entró precipitadamente en sus habitaciones y cerró dando un portazo.