El idiota

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Era un acceso epiléptico, el primero que sufría desde hacía mucho. Sabido es lo súbitamente que se producen los ataques de esa enfermedad. En un abrir y cerrar de ojos el rostro se descompone de un modo horrible, y la alteración de la mirada resulta espantosa. Las convulsiones que agitan el cuerpo del enfermo crispan todos los músculos de su cara. De su pecho brotan gritos terribles, inimaginables, sin comparación con cosa alguna, gritos que no parecen humanos. Al oírlos parece increíble que los profiera el paciente, más bien se creería que hay en su interior otro ser que es el verdadero vociferante. Tal es, al menos, la impresión que han descrito numerosas personas testigos de crisis epilépticas. En resumen, hay mucha gente que siente un terror indecible, insoportable, casi supersticioso, ante un atacado de epilepsia.

Fue sin duda aquella impresión de espanto, unida a la otra sensación del momento, la que detuvo en seco el brazo de Rogochin, ya alzado sobre el príncipe, este se desplomó de espaldas y rodó a la largo de la escalera, golpeándose la nuca al caer contra los peldaños pétreos. Rogochin, sin comprender todavía lo que acababa de ocurrir, bajó los escalones de cuatro en cuatro y, una vez abajo, pasando al lado de la postrada figura, salió del hotel como loco, inconsciente de lo que hacía.


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