El idiota
El idiota El caso era que Lebediev, tan preocupado de proteger contra todos los demás la tranquilidad del príncipe, no cesaba por su parte de acercarse a él. Generalmente comenzaba por entreabrir la puerta, introducía la cabeza por la rendija y examinaba la habitación como para cerciorarse de que el príncipe no había huido de allí. Luego, andando sobre las puntas de los pies, Lebediev se aproximaba, sigiloso, al sillón de su inquilino, produciéndole a veces verdaderos sobresaltos. Preguntábale, solícito, si necesitaba algo, y cuando Michkin, cansado, le pedía que le dejase en paz, el funcionario obedecía en silencio, giraba sobre sus talones y mientras se dirigía a paso de gato hacia la puerta, ejecutaba ademanes como si indicara que su visita no tenía causa importante, que no hablaría más ni tornaría en largo tiempo. Lo cual no le impedía volver a los diez o quince minutos. Kolia poseía libre acceso a todas horas a la habitación de Michkin, y ello desesperaba a Lebediev, excitándole hasta la ira. Cuando los dos amigos hablaban, el funcionario pasaba a veces hasta media hora junto a la puerta, escuchándoles. Kolia lo observó y, como era natural, lo participó al príncipe.
—¿Se considera usted mi tutor para guardarme bajo llave y cerrojo? —preguntó entonces Michkin a Lebediev—. En todo caso, deseo vivir aquí de otra manera. Le advierto que me propongo moverme cuanto se me antoje y recibir a quien me plazca.