El idiota
El idiota —No traigo más equipaje que un paquetito con ropa blanca, que suelo llevar a mano. Pero de aquà a la noche me queda tiempo de encontrar donde alojarme.
—¿Tiene usted, pues, la intención de buscar dónde hospedarse?
—¡Oh, sÃ, desde luego!
—Juzgando por sus palabras, creà que contaba usted instalarse en nuestra casa.
—Para eso habrÃa hecho falta ante todo que usted me lo propusiera y debo confesarle que aun en ese caso no hubiera accedido. No por razón alguna, sino, sencillamente… porque soy asÃ.
—Entonces he acertado no invitándole, y no le invitaré. PermÃtame, prÃncipe, llegar a una conclusión definitiva: hemos convenido los dos en que no cabe hablar de relaciones de parentesco entre ambos, por muy halagador que ello fuese para mÃ. Por tanto, no queda nada sino…
—Sino marcharme, ¿verdad? —acabó el visitante, levantándose y sonriendo jovialmente, pese a la notoria dificultad de su situación—. En realidad, general, aunque mi inexperiencia de la vida petersburguesa es absoluta, ya presentÃa que nuestra entrevista no podrÃa terminar de otro modo. Bien: quizá valga más asÃ. Ya antes no contestaron ustedes a mi carta… Ea, adiós, y dispense que le haya molestado…