El idiota
El idiota —El placer no es menor para mÃ; mas, como usted sabe, no siempre puede uno entregarse a lo que le agrada. Hay que trabajar también… Además, hasta el momento, yo no he descubierto nada de común entre nosotros, algo que, por decirlo asÃ…
—No hay nada, con certeza, que justifique nuestro trato, y sin duda existe muy poco de común entre los dos. Porque si bien yo soy el prÃncipe Michkin y la esposa de usted procede de mi familia, esto, evidentemente, no es razón, y yo lo comprendo muy bien, para entablar relaciones. Pero no tengo otro motivo para visitarle. Acabo de pasar cuatro años en el extranjero… ¡y no sabe usted en qué estado me hallaba cuando, abandoné Rusia! Estaba casi loco. Y si entonces no conocÃa a nadie, ahora menos aún. Necesito, pues, conocer y tratar personas amables… Incluso tengo que pedir consejo sobre cierto asunto y no sé a quién recurrir. Por eso, estando en BerlÃn, me dije: «Los Epanchin son casi parientes. Me dirigiré primero a ellos: quizá podarnos sernos mutuamente útiles, si son buena gente». He oÃdo decir que usted lo es.
—Gracias —repuso el general, sorprendido—. PermÃtame preguntarle dónde se hospeda.
—Hasta ahora en ningún sitio.
—¿Asà que ha venido directamente desde el tren a casa?… ¿Y con… con sus equipajes?