El idiota
El idiota El general Iván Fedorovich Epanchin, de pie en medio del despacho, miraba con gran curiosidad al joven que entraba en él. Incluso adelantó dos pasos hacia Michkin. Éste se aproximó al general y se presentó.
—Muy bien —dijo el general—. ¿En qué puedo servirle?
—No me trae ningún asunto urgente. Sólo deseaba conocerle a usted. No quisiera molestarle, pero como no conozco sus dÃas ni horas de visita… En cuanto a mÃ, llego ahora de la estación. Vengo de Suiza.
El general iba a sonreÃr, pero reflexionó y reprimióse. Permaneció un momento pensativo, guiñó los ojos y examinó de nuevo a su visitante de pies a cabeza. Luego, con rápido ademán, le señaló una silla, y acomodóse junto a él, un poco de lado, en impaciente espera. Gania, de pie en un ángulo del despacho, examinaba papeles sobre una mesa.
—En principio y como regla —dijo Iván Fedorovich— no tengo tiempo para entablar nuevos conocimientos, pero como usted, al decidirse a visitarnos, persigue sin duda algún fin, yo…
—Yo esperaba precisamente —interrumpió Michkin— que usted no dejara de atribuir a mi visita algún fin particular. Pero le aseguro que, aparte el placer de conocerle, no me guÃa ningún otro interés concreto.