El idiota
El idiota En aquel momento abrióse bruscamente la puerta del despacho y salió de él un militar que sostenÃa en la mano una cartera y hablaba en voz alta.
—¿Estás ahÃ, Gania[5]? —preguntó alguien desde el interior—. Entra, entra.
Gabriel Ardalionovich se inclinó ligeramente ante Michkin y penetró en el aposento desde el que le llamaban.
Al cabo de dos minutos se abrió la puerta de nuevo y se oyó la voz sonora, afable y musical, del secretario:
—PrÃncipe, sÃrvase pasar.