El idiota
El idiota Gabriel Ardalionovich era un hombre de veintiocho años, de buena apariencia, bien formado, de mediana estatura, con un rostro inteligente y agradable, cabello rubio y una pequeña perilla a lo Napoleón III. Pero la amabilidad de su sonrisa parecÃa fingida y, aunque afectaba buen humor y cordialidad, su mirada era fija y escudriñadora.
«Cuando esté solo debe de tener otro aspecto. Acaso nunca se rÃa», pensó el prÃncipe.
Y se apresuró a suministrar todos los informes que pudo sobre su personalidad, repitiendo poco más o menos lo que dijera al criado y antes a Rogochin. Gabriel Ardalionovich pareció recordar algo.
—¿No escribió usted, hace un año o quizá menos, una carta desde Suiza a Lisaveta Prokofievna? —preguntó.
—SÃ.
—En ese caso ya se le conoce aquà y se le recuerda. ¿Desea ver a Su Excelencia? Voy a anunciarle… El general, dentro de un instante, estará libre. Pero vale más que espere usted en el salón. ¿Por qué está aquà el señor? —añadió severamente, dirigiéndose al criado.
—Ya le he dicho, Gabriel Ardalionovich, que porque asà lo ha querido.