El idiota

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—Digo A. N. B. y quiero decirlo así —respondió Aglaya, con energía—. Una cosa resulta clara en todo caso, y es que, quien quiera que fuese su dama, e hiciese lo que hiciera, ello, importaba poco a ese hidalgo pobre. La había elegido, la creía su «belleza pura» y eso bastaba para que no cesase de inclinarse ante ella, para que, puesto que se había declarado su servidor, rompiese lanzas por ella, aun cuando a continuación la viera convertirse, por ejemplo, en una ladrona. Parece que el poeta quiso encarnar así la noción del amor platónico, tal como lo concebían los caballeros de la Edad Media, en un tipo extraordinario. Naturalmente, todo eso es mero ideal. En el «hidalgo pobre», tal sentimiento llega al máximo grado: alcanza el ascetismo. Preciso es confesar que la facultad de amar así habla mucho en pro de quien la posee. Es un rasgo de carácter que denota un alma sublime y, en cierto sentido, es cosa muy loable. El «hidalgo pobre» es un Don Quijote, pero un Quijote serio y no cómico. Al principio yo no comprendía al personaje y me reía de él de buena gana, pero ahora le admiro y sobre todo, respeto sus altas proezas…

Aglaya dejó de hablar. Era difícil saber, mirándola, si había hablado en serio o en broma.



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