El idiota

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El príncipe quiso hablar, pero su confusión no le permitió articular palabra. Aglaya, que se había permitido tantas licencias en su «lección», conservaba su seguridad y parecía hasta satisfecha. Dijérase que se hallaba pronta a recitar los versos en cuestión y que sólo esperaba que se la invitase. Siempre seria y grave, se levantó en el acto, colocándose en medio de la terraza, ante el sillón del príncipe. Todos la miraban con sorpresa, y la mayoría —su madre, sus hermanas, el príncipe Ch— veían con desagrado aquella nueva chiquillada, que rezaba desagradablemente la incorrección. Era, sin embargo, notorio que Aglaya encontraba vivo placer en todos aquellos preparativos que habían precedido a la recitación del poema. Lisaveta Prokofievna estuvo a punto de mandarle autoritariamente que se sentara. Pero en el preciso momento en que la joven comenzaba a declamar la célebre poesía, aparecieron en la terraza dos hombres que hablaban en alta voz. Eran Ivan Fedorovich Epanchin y un joven. Su presencia produjo cierta conmoción en los reunidos.






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