El idiota
El idiota «Acaso haya inventado él esto», pensó Michkin.
Pero el caso de Aglaya era diferente. Ponía en sus palabras tal vehemencia, parecía tan profundamente imbuida del espíritu y significado del poema, que hacía olvidar la afectada pomposidad con que comenzó. Pronunciaba cada verso con sincera convicción y acabó cautivando la atención general. Acaso todo fuese efecto de la sincera impresión que causaban en la joven los versos que había resuelto recitar. Sus ojos lanzaban fulgores. Por dos veces recorrió su hermoso rostro un ligero estremecimiento de entusiasmo. El poema decía así:
Había un hidalgo pobre,
sencillo, franco y veraz,
de rostro pálido y triste,
de alma sincera y audaz.
Una radiante visión
que nadie podría pintar
se supo en su corazón
profundamente grabar.
Ardiendo en fuego interior
no miró a mujeres más,
y prometió hasta su muerte
a mujer ninguna hablar.
Siempre ostentaba un rosario
de la gorguera en lugar;
de su yelmo la visera
no alzó ante nadie jamás.