El idiota
El idiota —Yo quiero también que se haga justicia y se desenmascare esa desvergonzada pretensión —dijo la generala—. Vamos, prÃncipe, vapuléalos como se merecen: no tengas piedad con ellos. Ya me suenan los oÃdos de tanto oÃr mencionar ese asunto y tengo quemada la sangre de pensar en él. Será cosa curiosa verlos. Hazlos pasar; nosotros nos quedaremos. Aglaya ha tenido una buena idea. ¿Ha oÃdo usted hablar de esto, prÃncipe? —preguntó, dirigiéndose a Ch.
—He oÃdo hablar en casa de usted —repuso Ch—. Y tengo deseos de ver a esos buenos mozos.
—Son nihilistas, ¿verdad?
Lebediev, adelantándose, bastante impresionado también al parecer, explicó: