El idiota
El idiota Gania salÃa de la casa en aquel momento y se presentó en la terraza, seguido por Ptitzin. De la habitación contigua llegaba ruido de voces, entre las que destacaba la sonora del general Ivolguin, quien parecÃa empeñado en gritar más que los otros.
—Esto es muy interesante —comentó Radomsky. «Veo que está enterado del asunto», pensó Michkin.
—¿El hijo de Pavlitchev? ¿Y quién es el hijo de Pavlitchev? —preguntó el general Epanchin, sorprendido.
Y mirando con curiosidad a los presentes, notó con extrañeza que era el único en ignorar aquella nueva complicación.
Todos los semblantes reflejaban la expectación; todos los ánimos estaban en suspenso. Michkin no acertaba a comprender cómo un asunto tan personal podÃa haber despertado ya un interés tan general y vivo.
Aglaya se acercó a él con gravedad.
—ConvendrÃa —dijo— que cortase usted, en persona y de modo definitivo, este asunto; pero permÃtanos asistir a ello. Se le quiere humillar, prÃncipe. Es preciso que su justificación constituya un triunfo, que yo celebro de antemano.