El idiota
El idiota Entre los jóvenes figuraba un hombre de unos treinta años, el subteniente retirado que daba lecciones de boxeo y que cuando se incorporó a la banda de Rogochin, en ocasión de apelar a la caridad pública, afirmaba tener la costumbre de regalar, en sus buenos tiempos, quince rublos a cada mendigo que le pedía limosna. Veíase en seguida que se había incorporado a los otros para prestarles su auxilio moral y, de ser menester, material. El que figuraba como «hijo de Pavlitchev», si bien se presentó con el nombre de Antip Burdovsky, era un joven de veintidós años, delgado, rubio y bastante alto, que parecía el más sobresaliente de sus compañeros. Vestía pobremente y con desaliño. Las mangas de su levita brillaban como un espejo; su grasiento chaleco iba abotonado hasta el cuello, sin dejar ver indicio alguno de camisa; una bufanda de seda negra, increíblemente sucia y anudada como un cordel, rodeaba su garganta. Tenía las manos sin lavar, y su rostro, cubierto de granos, expresaba lo que cabría definir como un sentimiento de ingenua insolencia. En aquel semblante no se apreciaba la menor huella de ironía, ni la más ligera reflexión, ni ninguna otra cosa salvo la inquebrantable convicción de su propio derecho, unido a una extraña necesidad de creerse y sentirse siempre ofendido. Hablaba con agitación, y articulaba las palabras con dificultad y precipitadamente, al punto de que podía parecer tartamudo o bien extranjero, pese a que la sangre que circulaba por sus venas era de indiscutible pureza rusa. Le acompañaban el sobrino de Lebediev, ya conocido del lector, e Hipólito Terentiev. Este último no tenía más de diecisiete o dieciocho años. Su inteligente fisonomía testimoniaba una viva inquietud y una continua agitación. Su delgadez esquelética, su palidez casi lívida, el brillo de sus ojos, las manchas rojas de sus mejillas, todo revelaba en él, en cuanto se le veía, una víctima de la tuberculosis, ya en último grado. A cada palabra y a cada soplo de aire que salía de su pecho seguía un acceso de tos. No parecía posible que pudiera quedarle más de dos o tres semanas de vida a lo sumo. Iba muy fatigado y, mientras sus compañeros, hacían algunos cumplidos, él se dejó caer sin demora en una silla. Todos estaban algo turbados y, en su temor de exteriorizarlo, lo procuraban ocultar bajo un aspecto intimidativo, tan afectado, que concordaba muy mal con su pretensión de ser hombres que despreciaban por sistema todos los prejuicios y convencionalismos sociales, negándose a admitir lo que no fuera puro interés personal.