El idiota
El idiota Entraron cuatro individuos seguidos por el general Ivolguin, quien llegaba muy agitado y hablando con irritación. «El general está de mi parte, sin duda», se dijo Michkin, sonriendo. Kolia se había mezclado al grupo y hablaba con calor a su amigo Hipólito, que era uno de los intrusos y escuchaba a Kolia con la cara contraída en una mueca.
El príncipe ofreció asiento a aquellos señores. Todos eran muy jóvenes, y su extrema juventud comunicaba a la gestión que allí les llevaba un carácter más insolente todavía. Ivan Fedorovich Epanchin, ignorante de todo, se indignó al ver semejantes mozalbetes y a buen seguro hubiera protestado de un modo u otro, de no observar el apasionamiento, desconcertante para él, con que su esposa se interesaba en los asuntos de Michkin. Quedó, pues, presente, en parte por curiosidad y en parte por el deseo altruista de ayudar al príncipe en caso necesario, pensando que, de ser preciso, podía imponer su autoridad a los jovenzuelos. Pero el saludo que en aquel momento le dirigió el general Ivolguin le irritó vivamente y resolvió mantener un silencio absoluto.