El idiota

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Pero Michkin se había levantado ya para abrir la puerta a los visitantes. —Vamos, Lebediev, no los calumnie —dijo, sonriendo—. Ya veo que la conducta de su sobrino le ha impresionado mucho… No le crea usted, Lisaveta Prokofievna. Les garantizo que gentes como Gorsky o como Danilov no son más que excepciones y que no están otra cosa que… equivocados… No obstante, no me parece oportuno tratar con esa gente ante ustedes. Perdóneme, Lisaveta Prokofievna, pero… En fin, les haré entrar, para que los vean, y luego saldré con ellos. Hagan el favor de acercarse, señores.

En su interior había otra idea que le inquietaba, atormentándole cruelmente: ¿no sería todo aquello un golpe de efecto preparado por alguien? ¿No se habría dado a aquellos individuos la consigna de presentarse en un momento en que Michkin estuviese rodeado de visitas, con la esperanza de que la explicación condujese a su humillación y no al triunfo que dijera Aglaya? Pero el príncipe se reprochó en seguida con amargura su «perversa y monstruosa desconfianza». De haber podido leer alguien en su mente aquel pensamiento, se habría muerto de vergüenza. Y cuando pasaron los nuevos visitantes, Michkin se sentía dispuesto a admitir que él personalmente valía menos que cualquier otra de las personas reunidas en torno suyo.


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