El idiota
El idiota —No esperaba la visita de ninguno de ustedes, señores —principió Michkin—. Hasta hoy me he encontrado enfermo. Y dirigiéndose a Burdovsky manifestó: —Hace un mes puse el asunto de usted en manos de Gabriel Ardalionovich Ivolguin, como entonces le comuniqué ya. No me niego, por supuesto, a una explicación personal con usted, pero bien comprenderá que a esta hora… No obstante, le propongo pasar a otra habitación, donde le atenderé, siempre que no me exija mucho tiempo. Estoy en este momento acompañado de amigos y…
—Cierto. Está usted con amigos, y es una hora muy avanzada; pero permÃtame decirle que podÃa usted haber sido un poco más amable con nosotros y no hacernos pasar dos horas en la antesala —dijo el sobrino de Lebediev con tono enérgico, mas sin levantar la voz aún.
—¡Eso es! ¡Ya veo que se porta como un prÃncipe! Pero yo… Y usted… usted es un general… ¡Pero yo no soy criado de ustedes! —vociferó Antip Burdovsky, con extraordinaria agitación.
Sus labios temblaban, echaba espumarajos por la boca y se advertÃa en todo su aspecto la exasperación de un alma desgarrada. Mas hablaba con tal excitación que apenas fue posible comprender dos palabras de su violento ex abrupto.
—¡SÃ, se porta como un prÃncipe! —confirmó Hipólito, con voz chillona.