El idiota

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—Si se hubiese procedido así conmigo… —gruñó el boxeador—. Es decir, si yo, hombre de honor, estuviese en el lugar de Burdovsky, yo…

—Les aseguro, señores, que ignoraba hasta ahora su visita. Sólo me he enterado de ella hace un momento —afirmó el príncipe.

—Sean quienes sean sus amigos, príncipe, no les tememos. ¡Por algo nos asiste la razón!, —declaró el sobrino de Lebediev.

La voz chillona de Hipólito resonó de nuevo:

—Permítame preguntarle con qué derecho somete usted el asunto de Burdovsky al juicio de los amigos de usted. Ese juicio no nos interesa: ¡ya podemos imaginarnos cuál será!

Semejante principio presagiaba una discusión borrascosa. El príncipe, consternado, logró al fin hacerse oír en medio de los clamores de los visitantes.

—Si usted, señor Burdovsky, no desea hablar aquí —dijo—, renuevo mi proposición de pasar a otra estancia. Y respecto a ustedes en general, repito que sólo he conocido su presencia hace un momento.

—¡Pero usted no tiene derecho, usted no tiene derecho, usted no tiene derecho! ¡Y sus amigos…! ¡Eso es! —vociferó Burdovsky, examinando a todos con aire de desafío y excitándose más cuanto menos seguro se sentía—. ¡No tiene usted derecho!


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