El idiota
El idiota «Pero mientras el joven millonario se encontraba, si vale la expresión, en el Empíreo, sobrevino una circunstancia muy diferente. Un día llegó a su casa un hombre de rostro tranquilo y severo, de aspecto modesto, pero distinguido. Con lenguaje, aunque cortés, digno y justo, el visitante —en quien se evidenciaba, desde luego, un espíritu progresista— expuso el motivo de su presencia: era abogado y venía de parte de un joven cliente que le había confiado cierto asunto. Ese joven era ni más ni menos que el hijo de P., aunque llevase otro nombre. En su juventud, el libertino P. había seducido a una joven pobre y honrada, la cual había recibido una educación a la europea, aunque sólo fuese una sierva en casa de aquél (quien es de suponer que aprovecharía las ventajas de sus derechos señoriales en los viejos días de la servidumbre…). Al notar las inevitables consecuencias de su relación con ella, la casó con un hombre honrado, que amaba hacía tiempo a la muchacha. Dicho hombre era funcionario y trabajaba, además, en el comercio. Al principio, P. ayudó al joven matrimonio, pero pronto cesó tal ayuda, por impedirlo el noble carácter del marido. Gradualmente, el inconsciente hacendado olvidó a la muchacha y al hijo que tuviera con ella y murió sin hacer testamento. El hijo de P., nacido después del casamiento de su madre, halló un padre verdadero en el hombre generoso cuyo nombre ostentaba. Pero, muerto su padre adoptivo, el joven se halló solo para subvenir a sus necesidades y a las de una madre enferma, valetudinaria, inválida de las piernas, que vivía en una provincia lejana. El joven se fue a la capital, y gracias a su honrado trabajo cotidiano se procuró recursos que le permitieron seguir primero los cursos superiores y luego ingresar en la Universidad. Pero ¿de qué sirve dar lecciones en casas de comerciantes rusos, que las pagan a diez kopecs, sobre todo cuando ha de atenderse al sustento de una madre enferma? La muerte de la anciana apenas disminuyó para el joven las dificultades de la vida. Y ahora, una pregunta: si el noble descendiente a que nos referimos fuese un hombre justo, ¿cómo debía razonar? El lector juzgará sin duda que debía decir así: P. me ha colmado de beneficios mientras vivió; gastó decenas de miles de rublos para educarme, procurarme institutrices y mantenerse, en Suiza, en una casa de salud. Y ahora yo poseo millones y el hijo de P., ese joven inocente de las faltas de un padre ligero y olvidadizo, se muere miserablemente de hambre dando lecciones. Cuanto P. hizo por mí, debió, en recta justicia, hacerlo por él. Las sumas enormes que gastó en mi beneficio, no me correspondían en realidad. Sólo me aproveché de ellas por un capricho de la ciega fortuna: pero correspondían al hijo de P. Él debía haberse aprovechado de ellas, no yo, por quien P. se interesó caprichosamente, olvidando sus deberes paternales. Si he de obrar como hombre realmente noble, delicado, justo, debo ceder la mitad de mi herencia al hijo de mi bienhechor. Pero como el dinero, para mí, es antes que todo y como por otra parte sé bien que esa reclamación no es sostenible jurídicamente, no le daré la mitad de mis millones. Mas yo cometería un bajeza demasiado indignante, una infamia en exceso desvergonzada si no entrego ahora, por lo menos, al hijo de P. las decenas de miles de rublos que éste gastó para curarme de mi idiotismo. Esta es una cuestión de conciencia y de estricta justicia. ¿Qué habría sido de mí si P. no se hubiese encargado de mi educación y, en vez de atenderme, hubiera atendido a su hijo?»